lunes, 6 de enero de 2020

Un viaje hacia dentro

“Viajamos, algunos para siempre, en busca de otros estados,
 otras vidas, otras almas”. – Anais Nin

Carolina Romero Jaramillo

Despertar recordando otros amaneceres, otras luces y colores. A través de distintas ventanas vi mañanas iluminadas y otras oscuras. Un árbol lleno de pájaros, la fachada de un edificio, un bosque, el mar tan azul como el cielo, pequeños copos de nieves que caían y cubrían de blanco la calle, todas ellas fueron mis primeras imágenes del día del año anterior. Distintos destinos, culturas e idiomas. Muchos kilómetros por tren, avión, carro y a pie que recorrí en búsqueda de lo diferente, de experiencias, fue un periplo de regreso a casa, a mi misma, un viaje hacia dentro.

Antes del regreso a casa, pasé un periodo de dos años en Australia, en el continente más pequeño y uno de los países más grandes del planeta. Una tierra bastante árida, pero fructífera, llena de canguros y arañas venenosas, pero a estas últimas ni las vi. Llegué a Sydney a principios de enero de 2017, llena de temores pero no por su naturaleza agreste, por albergar los animales más letales del mundo, sino por haber dejado mi zona de confort. Las últimas dos semanas mientras empacaba mi pequeña vida en cajas para meterlas en una bodega, ya era una autómata. No pensaba ni sentía, sólo actuaba. Recuerdo que hice una lista de tareas a cumplir antes de volar. Fui tachando a medida que terminaba cada una: vender el carro, comprar el tiquete y las maletas, conseguir la bodega, cambiar el dinero, tener las cajas para empacar, renunciar al trabajo, despedirme de los amigos y familiares… pero había otra lista, esa que llevas en el alma, en la que dejas amores, historias que no fueron, eso que no se dio. Y aquella lista de lo nuevo por hacer.

En todo caso el día del viaje temblaba, estaba fría y hasta se me dañó el estómago, lloré y dije unos pocos “hasta luego” más antes de partir. Unas lágrimas más, el abrazo de mi madre, fuerte como para no desprenderme de él jamás, tenía los nervios de punta. El avión despegaba hacia el océano Pacífico y yo saltaba al enorme océano de posibilidades que iba a ofrecerme la vida, quería saber si no naufragaba. Una prueba que me ponía a mi misma, finalmente muchas de las pequeñas cosas que había venido haciendo eran grandes retos para mí. Era el momento de uno más, uno lejos, soltando mucho de lo que había acumulado. Así que me llené de motivos para dar el salto, porque no es fácil desprenderse. No es fácil tratar de dejar de ser lo que has sido, tener certezas y eso que llamamos estabilidad, en una época en la que se carece de ello. Hoy vivimos en crisis constante, pero una crisis más en lo personal no estaba mal.

Había algo muy poderoso en mí que también me empujaba a hacer el viaje, quería caminar y ser una completa desconocida, tener que crear nuevas amistades, pedir ayuda otra vez, crear otros lazos de solidaridad, buscar trabajo. Quería saber qué era eso de estar lejos y extrañar a los seres amados, me seducía mucho la idea de extrañar la vida que llevaba, de echar de menos mi trabajo, mi casa, mi estilo de vida, mi país, mi realidad en mi ciudad. Quería estar lejos, sentir la soledad, esa que no llenas tan fácilmente con una simple llamada, conocer esa ausencia y saber sí era capaz de soportarlo. En el fondo, era una suerte de hacerme una herida a ver sí era capaz de sanarme, sí era capaz conmigo misma en otro mundo. La verdad se me hacía una tarea ardua, porque era otro idioma y cultura.

Para muchos viajar puede significar cualquier otra cosa, tal vez no sea una gran hazaña; para mí lo era. Estaba con una estabilidad significativa, dos trabajos en los que producía académica, profesional y personalmente, bien pagos y con cierto reconocimiento, ese que da ser maestro y liderar un proceso académico. Estar cerca de la familia y de los amigos. Pero quería extrañar todo eso, apreciarlo más, valorarlo desde la distancia, querer regresar, saber que ese era definitivamente mi lugar. También estaba el riesgo de sentir lo contrario, no extrañar, apreciar más lo nuevo, querer quedarme en la distancia. Ahí estaban esos temores atravesando mi cabeza.

No obstante, escoger a Australia me daba unas certezas, que en medio de las dudas me daban un parte de confianza. Llegaba a una ciudad multicultural, organizada, segura, bella, con opciones laborales enormes, iba a estudiar, tenía una gran amiga que me recibía e iba a enseñarme la ruta, que sí tenía un gran predicamento, ella estaría para darme la mano. Con ahorros y la venta de mi carro había hecho el pago por seis meses de estudio y para vivir dos meses. Debía trabajar para pagar el resto de mi estadía y para renovar la visa, tenía claro que quería estar allá entre uno o dos años, con la idea de que fuera más significativa la experiencia.


Después de tantas preguntas y expectativas, aterricé en una ciudad de amplias avenidas, grandes edificios, extensos parques, bellas urbanizaciones, con una vida acelerada y agitada, pero ordenada, con tiempos muy exactos para abordar el tren, el tranvía o los buses. En donde en un trayecto podías escuchar no sólo inglés, sino también árabe, francés, italiano, portugués, chino, japonés y muchos otros idiomas. Variedad de facciones, actitudes, olores, gestos. Realmente fue fascinante ver ese otro cielo. Sentí la felicidad al tener mi propio cuarto, compartiendo una casa con ocho personas. Volver a compartir espacios, así empecé mi vida en Cali, ya sabía como era así que no tenía temor ni rechazo alguno. Parecía una niña volviendo a empezar, todo tan nuevo para mis ojos, mi ser, mi lengua. Dejar a un lado mi idioma, estar en el permanente reto de pensar qué y cómo comunicarme con los demás.

Salir por las calles con el único fin de perderme y buscar ayuda, aunque a veces me generaba algo de rabia no encontrar un lugar cuando ya había transitado varias veces por la misma zona. Visitar lugares para tratar de hacer amistades, los primeros espacios distintos a la escuela y la casa, fueron los clubes de conversación de intercambio de inglés – español, ahí hice amigos y amigas. Trabajar me permitió no sólo hacer dinero, sino también acercarme a otros oficios, compartir con profesionales o experiencias disímiles a las mías. Bailar, disfrutar de una tarde, tomar una cerveza, hacer pequeños viajes a otras ciudades fueron una novedad constante. Encontrarme con nuevas formas de amar, más tranquilas, sin esperar un futuro, sólo vivir el momento, se supone que de eso se trata la vida, es un viaje de momentos, pero nos cuesta tanto desprendernos, el apego es una característica muy humana con la que luchamos permanentemente. La vida te pone, te quita, te da.

Finalmente, creo que puse a prueba mis certezas, mi cotidianidad, mis apegos, pero no fue sólo el viaje a la maravillosa Sydney, también lo fue volver a casa con el desafío de perder algunas cosas del corazón, un nuevo viaje hacia dentro para aceptar que mucho cambió en mi misma, aceptar esa otra Carolina, seguirla descubriendo. Hoy no creo que vuelva a vivir en el exterior, pero los lugares que siga visitando, las personas que encuentre, las nuevas experiencias, son la manera de conocer ese ser que se construye día a día en mí.   










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