martes, 3 de noviembre de 2015

¿Humor o discurso racista?

                                                         Carolina Romero Jaramillo

¿Qué es libertad de expresión en este tiempo? ¿Decir lo que se me dé la gana sin importar las consecuencias? Es posible. La libertad es hacer lo que se quiere, pero todo lo que se hace tiene consecuencias y hay que asumirlas. ¿Mi libertad termina donde empieza la del otro(a)? Es sensato decir que sí.  En todo caso, lo que llamamos libertad de expresión en los medios de comunicación responden a proyectos a intereses particulares y algunos programas manejan discursos sin saber que contribuyen a un proyecto clasista, racista y excluyente. Algunos entran a ese juego sin saber que están reafirmando ideas que los denigra y excluye así mismos.

No nos vamos muy lejos, la educación colombiana durante más de un siglo nos hizo sentir orgullosos por la llegada de los colonizadores. Agradecidos por traernos el idioma y la cruz, entre otras cosas, la civilización. Solo entrado el siglo XX y durante todo este, este discurso fue reformulado y transformado. Hoy hay naciones que no celebran el 12 de octubre como la llegada del colonizador, sino que conmemoran un genocidio. Otras celebran, pero tratando de resaltar la diversidad, no la colonización. Entonces vemos que durante largo tiempo reproducimos un discurso equivocado, que nos marginaba y hacía que se sintiera vergüenza de nuestras raíces indígenas y afrodescendientes.

Estos cambios en el discurso, también son una forma de transformar representaciones y prácticas que perpetúan injusticias. Los discursos son ideas, conceptos, modelos y formas de vida. No es posible seguir perpetuando aquellos que discriminan poblaciones históricamente golpeadas y que hasta la fecha no logran dar un paso o un avance en la calidad de vida. Por ello es tan delicado los discursos que denigren estas comunidades, así sea el humor.

En concreto, no pueden decir que el humor del "soldado Micolta" es el mismo que hacía Jaime Garzón. El proyecto de nación que tienen las élites, hace mucho rato, asesinó a Garzón y silenció ese humor inteligente que cuando hablaba el pobre, el marginado, lo hacía con elocuencia y haciendo una crítica al modelo que lo excluía, no estereotipando o burlándose de una condición. El humor de ese proyecto de nación, del que hablo, dejó que siguiera sólo el que se burla del campesino, el negro, el indígena, el obrero, porque le viene bien. 


No creo que se tenga la última palabra sobre este debate. Pero es importante hacerlo. Que algunos, muchos, se sientan mal o no les guste el personaje Micolta, es para ponerlo a consideración. Que hay mil cosas que solucionar primero en lo relacionado con el pueblo afrocolombiano, es cierto. No obstante, estas acciones no son menores. Hay imaginarios que son necesarios también transformar. Estos son más difíciles que formular, sancionar y hacer que se cumpla una ley.